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Se infiltró en las Farc para rescatar a su madre guerrillera

La historia de la guerrillera que tuvo 3 hijos en el monte con otro insurgente y debió abandonarlos.

Carmenza pasó casi 30 de sus 44 años en las Farc. Durante esas tres décadas, no conoció más que las primeras promesas de revolución y las más recientes evidencias de barbarie.

No se fue al monte por gusto; se la llevaron por la fuerza, le enseñaron a manejar un fusil, le dictaron eternas charlas sobre el materialismo dialéctico y la pusieron muchas veces a preparar arroz, lentejas y animales de monte asados en improvisadas
hogueras.

Alias ‘Carmenza’ ingresó a las filas guerrilleras el 21 febrero de 1982. En plena adolescencia ya hacía parte de una de las estructuras más poderosas de las Farc, en San Vicente del Caguán (Caquetá), el lugar que se convirtió en santuario de esa guerrilla durante la zona de despeje.

Parió tres hijos que, ante la dureza de las reglas internas de la subversión, tuvo que dejar al cuidado de unos amigos del hombre que en esos años era su compañero.

Durante las silenciosas caminatas por la selva tupida que une al Chocó y a Antioquia, en las largas noches de grillos, sapos y oscuridad, ‘Carmenza’ pensaba en sus dos pequeñas y en su “único varoncito”.

Añoraba su compañía, lloraba por su ausencia, se recriminaba por no ser la madre que ellos habrían necesitado. Solo de vez en cuando pudo llegar a alguna zona urbana para hacer una llamada y preguntar por ellos o para mandar una carta con pocas palabras y algunos dibujos.

Una de esas cartas, escritas en hojas de cuaderno, fue la primera noticia que ‘Alexander’ recuerda de su mamá.

Tenía apenas 10 años y, cada noche, abría la hojita doblada: se imaginaba cómo era esa mujer y se preguntaba por qué no estaba en casa. “En una de esas cartas estaba dibujado un corazoncito que contenía varias explicaciones que de niño quise tener. Fue hasta ese momento cuando supe que tenía dos hermanas y que a mi papá lo mataron. Mis sentimientos en ese momento era muy confusos; sentía alegría y tristeza al saber que mi madre estaba viva”.

Al cumplir los 18 años, ‘Alexander’ se enfiló en el Ejército. En una base militar del sur del país, vivió sus primeros años como soldado. Convertirse en adulto lo hizo crecer como militar, pero también lo llevó a encontrarse de frente con una verdad dolorosa: la mujer que lo trajo al mundo era guerrillera.

Desde ese momento, vivió la angustia de saber que, al otro lado de la línea de cualquier combate, una mujer con o sin uniforme podría ser su propia mamá. A algunos de sus superiores y a unos de sus ‘lanzas’ les compartió su secreto, y fueron uniformados de inteligencia quienes le ayudaron en una especie de ‘misión’ que hasta ese momento solo estaba diseñada en su cabeza: rescatar a su mamá.

Muchas preguntas tuvo que hacer y fueron muchas las piezas en el rompecabezas que durante años no encajaban. Solo cuando fue vinculado a lo que él mismo llama el “servicio secreto”, logró ubicar a alias ‘Carmenza’ y tener unos datos más o menos confirmados sobre la zona donde adelantaba tareas como responsable del adoctrinamiento político en las filas del Frente 34 de las FARC.

A pesar de la distancia y del tiempo, ‘Alexander’ y ‘Carmenza’ sentían la necesidad de conocerse en persona. No fue un proceso sencillo. Para los dos era angustioso pensar que alguien que era sangre de su sangre podía ser al mismo tiempo su enemigo.

Ella se movía por el occidente colombiano, en la misma zona y en los mismos frentes donde Elda Neyis Mosquera, alias ‘Karina’, se convirtió en la más famosa de las comandantes por sus macabras historias de delitos contra la población civil y de ataques a la fuerza pública.

En esa región del país recuerdan con horror los abusos de esa guerrilla en Acandí (Chocó), donde decenas de soldados e infantes de Marina fueron fusilados en una toma que duró varios días, sin que la fuerza pública lograra reaccionar para evitarlo.

Los centenares de civiles muertos en Bojayá (Chocó), los miles de desplazados de Vigía del Fuerte (Antioquia) y las familias de los policías decapitados en Arboleda (Caldas) dan cuenta de los horrores cometidos por un bloque particularmente sanguinario.
‘Carmenza’ afirma no haber participado en esas acciones; explica, incluso, que sus labores tenían más que ver con el adoctrinamiento que con el combate.

“Estoy viendo las cosas con una lente de otro color. Llegué a las Farc convencida de que iba ayudar a hacer un proceso revolucionario, que iba ayudar a mi pueblo a salir adelante”.

Sus palabras la trasladan a sus primeros años como militante, tiempo de ingenuidad que la llevó a pensar, incluso, que este grupo ilegal podía llegar al poder por medio de las armas. “Las Farc estuvieron muy cerca de llegar al poder cuando tenían a los prisioneros de guerra, como Íngrid Betancourt. Por lo menos, creí que llegarían a un acuerdo con el Gobierno. Pero cuando pasó lo de los diputados, la operación ‘Jaque’ y los acontecimientos del niño Emanuel, la revolución se alejó”, rememora.

Él, por su parte, caminaba por las selvas del sur del país con más peso que ella en sus espaldas. Hacía parte de la más grande ofensiva de las Fuerzas Armadas en una zona que antes parecía inescrutable para soldados, lanchas y helicópteros de las Fuerzas Militares. Al igual que su madre, supo cómo era la vida del monte, pero desde la otra orilla; comida con muchos granos, poca carne y muchas calorías para soportar la dureza de la maraña.

La fuga

Fuente: eltiempo.com

Categorías:Noticias, Periodicos

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